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Hace poco, un
día cualquiera, la montura de mis anteojos se partió. Con la sensación de inutilidad
in crescendo, suspendí lo que hacía y me dirigí al lugar donde los
compré. Allí me informaron que el daño no tenía arreglo; pero, que tal vez podría
servir otra montura, en tal caso, debían mandarla a Bogotá donde pulirían las
lentes para que encajaran en los nuevos marcos, labor que tomaría algunos días.

Como la solución
planteada dejaba en el limbo mis actividades laborales y las lecturas cotidianas,
me dirigí a eso de las cinco de la tarde a un taller del centro de Armenia que hace
unos años me había recomendado un amigo con el fin de hallar solución a mi angustiosa
situación. La señora que me atendió me confirmó el dictamen inicial y procedió
a enseñarme algunas monturas asegurando que me entregaría las gafas una vez el
óptico puliera el borde de las lentes para que quedaran bien ensambladas, y
sugirió que mientras hacían la labor diera una vuelta por el centro o tomara un
café. Esperanzado por la solución, acogí la sugerencia y me dispuse a caminar desprevenidamente
entre el CAM y la calle veintiuna y entre las carreras quince a la dieciocho para
observar, pese a mi astigmatismo y presbicia, la ciudad que encontraba a mi
paso.

Ese día, como
todos los días, el centro era un hervidero de gente cuyo caminar se hacía más
frenético a medida que se acercaba el final de la jornada laboral. Por un
momento recordé los almacenes tradicionales de hace unas décadas donde vendían
ropa, artículos para el hogar, joyería, adornos, muebles y otras mercancías de
apreciada calidad, los que inevitablemente terminé por compararlos con el comercio
de productos de bajo costo en locales de reducido formato que estaban ante mis
ojos, que junto al sinnúmero de baratijas exhibidas sobre los andenes, hacen
que varias manzanas del centro se hayan convertido en un mercado persa
en
medio del bullicio que provoca la música estridente de algunos locales, los cantantes
improvisados en las esquinas y los anunciadores de rebajas con micrófono en
mano, todo ello agudizado por el ruido de automotores y bocinas.

A esto hay que sumar
las oleadas de carretas y más carretas que en todas direcciones pasaban con frutas
y verduras a más no poder, muchas en contravía y no pocas con altoparlantes que
anunciaban su mercancía. Por un momento llegué a pensar que ese caos
generalizado obedecía un libreto previamente acordado
, y que, en su afán
por ocupar cualquier lugar disponible, estos vendedores mostraban predilección por
las esquinas con semáforos, por los pasos peatonales y por las rampas para las
personas con limitaciones de movilidad, sin que les importara el estorbo y
el desorden que causaban
.

A medida que oscurecía
el día, a esta baraúnda de cosas se añadía una legión de cocinas ambulantes que
aparecían de la nada ocupando andenes y calles con sus fogones, hornos y
parrillas bajo sombrillas multicolores rodeadas de asientos y butacas para sus
comensales. Poco a poco estas ventas iban quedando entre una neblina de humos y
vapores con olores a chuzos, cacheos, chorizos, carnes fritas, empanadas,
hamburguesas, perros calientes, arepas con queso, mazorcas, papas y plátanos, convirtiendo
varias cuadras del centro en un gran comedero a cielo abierto.

Caso aparte fue el
desorden que observé sobre la carrera dieciocho con conductores de buses dejando
y recogiendo pasajeros en cualquier parte, unos que se montaban por la puerta
delantera y otros por la trasera. A este caos se unían taxistas y conductores que
estacionaban sus vehículos frente a los paraderos de buses importándoles un
bledo el trancón que hacían. ¿Y qué decir de los motociclistas que transitaban por
las ciclovías o adelantaban por cualquier parte sin precaución alguna, y también
de ciclistas para los que los semáforos no existían?

Aquella tarde, mientras
que la incultura ciudadana campeaba, la ausencia casi total de autoridad evitaba
que cada cual se apropiara de su pedacito de ciudad
e hiciera lo
que le viniera en gana en medio de la permisividad, el desaseo y el bullicio.

Finalmente, fui
testigo de dos situaciones que me sobrecogieron. La primera, sucedió en una esquina
con semáforo cuando una mamá, que se aprestó a cruzar la calle con un coche y su
niño de meses, tuvo la mala fortuna de hallar un vehículo estacionado sobre
la cebra que obstaculizaba la rampa para subir a la acera
, por lo que tuvo
que hacer un riesgoso rodeo por la calzada para ponerse a salvo con su hijo. La
segunda, sucedió con un invidente que caminaba, ayudado con su bastón, guiado por
las líneas centrales que tienen los andenes táctiles. Unos pasos adelante, esta
línea guía estaba ocupada por mercancía que un vendedor estacionario exhibía en
el suelo. Ante esto, aquel ciego empezó a tantear la forma de sortear el
obstáculo que le impedía su camino, mientras que el vendedor de marras con sumo
egoísmo y desfachatez se limitó a decir:
«A la derecha señor, córrase a la
derecha, y siga pa´lante que por ahí sale
».

Sorprendido por
lo que vi, recogí los anteojos y me apresuré a salir de aquel caos en que se
convirtió en centro de mi ciudad.

 Nota inicial: Frase de Enrique Tierno Galván (1918 – 1986)


Armando
Rodríguez Jaramillo

Correo: arjquindio@gmail.com   /   X:
@ArmandoQuindiio   /   www.quindiopolis.co

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