Quindio gcafcaf317 1920

«Hoy creo que la crisis por la que atravesamos,
más que económica, política o ambiental, es una crisis de modelo de vida».

 

Para la mayoría de quindianos pasó
inadvertida la fecha del 19 de enero y nada raro sería que la del 7 de febrero corriera
igual suerte. Y es que en ambas fechas sucedieron hechos trascendentales que,
ante el desarraigo, la falta de interés de las autoridades y la precaria
enseñanza de la historia local, generalmente pasan desapercibidos. La primera
tiene que ver con el día en que el Congreso aprobó el proyecto de ley que creó
el departamento y la segunda con la sanción presidencial de la Ley 2 de 1966
por medio de la cual se crea y organiza el departamento del Quindío.

Sin duda que en estos 57 años de
historia han acaecido transformaciones de enorme complejidad, como quiera que transitamos
de una región rural y cafetera con pequeños pueblos entre montañas y una Armenia
que conservaba gran parte de sus tradiciones a convertirnos en un territorio que,
gracias al empuje de dirigentes políticos y gremiales y a liderazgos cívicos y sociales,
desarrolló campos y ciudades alcanzando destacados niveles de progreso. Fueron tiempos
en los que nos enorgulleció tener en el escudo la frase que reza que el Quindío
es un departamento
«joven, rico, poderoso», antes de que llegara el desarraigo y volviéramos burla este
contundente enunciado.

Aquella fue una generación progresista
signada por el civismo, y digo civismo para rescatar el sentido de un
término que muchos quisieron ridiculizar
etiquetando de
«cívicos» a quienes lo
practicaban. La RAE tiene dos acepciones concluyentes para cívico: «Comportamiento
respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública» y «celo por las
instituciones e intereses de la patria», definiendo como patria ese lugar, ese país
en que se ha nacido, pero también ese lugar, pueblo, ciudad o región natal o
adoptiva a la que llamamos patria chica y con la que tenemos y sentimos
vínculos jurídicos, históricos y afectivos.

Sin embargo, en los ochenta hubo un punto de inflexión
al que no le concedimos importancia, tal vez porque pensamos que las perturbaciones
emergentes no tendrían la capacidad de minar los valores colectivos. Fue así
como llegaron dineros del chance y narcotráfico a financiar campañas políticas
y nos volvimos tolerantes con una corrupción que permeó numerosos estamentos
públicos y privados, al punto que el ejercicio de la política se distanció del
interés público. Bien lo dijo el filósofo y sociólogo español Jaime Balmes y
Urpía (1810-1848): «¡Ay de los pueblos gobernados por un Poder que ha de pensar
en la conservación propia!»


«… y nos volvimos tolerantes con una corrupción
que permeó numerosos estamentos públicos y privados».

 

Por otro lado, mientras esto pasaba, en el
departamento se dieron cambios significativos
: Se construyeron vías en
doble calzada, la economía del café dio paso a otra donde el turismo y los
servicios tienen un peso significativo, Armenia se extendió y formó relaciones
metropolitanas con municipios circunvecinos, se sustituyeron actividades
agrícolas por turismo, recreación y servicios, aumentó la población urbana y
disminuyó la campesina, se modificó la pirámide poblacional con el envejecimiento
de la población y llegaron personas atraídas por el paisaje y la tranquilidad
de esta tierra entre muchas transformaciones que todos conocemos.

Pero estos cambios de las últimas décadas, sin
duda positivos, han estado acompañados por otros que nos ponen en condición de
riesgo extremo, tales como: el deterioro del patrimonio ambiental;  la urbanización de importantes extensiones de
suelos agrícolas; la pérdida de casi dos terceras parteres del café que había en
los noventa justo cuando hacemos parte del Paisaje Cultural Cafetero; la contaminación
de ríos y quebradas, la presión excesiva del turismo, ganadería y cultivos de
aguacate sobre la cuenca alta del río Quindío de donde proviene el agua que consumimos;
la pérdida de protagonismo en la política nacional y en altos cargos del estado;
el menoscabo de las vías secundarias y terciarias construidas en los buenos
años del café;  el deterioro de la
infraestructura básica de Armenia y de su obsoleta red vial; el aumento de la
pobreza y la desigualdad, la degradación de patrimonios como la Estación del
Ferrocarril y el parque de Los Fundadores en Armenia, el Camino del Quindío
entre Salento y Filandia y lo que queda de la arquitectura y cultura tradicional
de nuestros municipios son algunos ejemplos de tantas cosas sometidas al abandono.

A las pérdidas nombradas, cuyo listado podría
ser tan amplio como quisiéramos, debemos sumar el preocupante desgaste de los valores
que alguna vez nos caracterizaron. Hoy creo que la crisis por la que atravesamos,
más que económica, política o ambiental, es una crisis de modelo de vida, es
una mutación que transformó los cimientos de la familia, la sociedad y la
institucionalidad pública y privada.

  

«Tenemos el enorme desafío de reconstruirnos, de reinventarnos, porque nos merecemos un futuro mejor que el presente que tenemos».

 

Y en medio de este desequilibrio en el que
cada cual reclama lo suyo, sorprende el conformismo y aceptación con la que buena
parte de nosotros lo contempla
sin imaginar que tarde o temprano tendremos
que despertar de este letargo, de esta pesadilla insufrible, porque
es de estupidez supina continuar esperando que nos salven aquellos que nos han llevado
hasta aquí. Así que no queda camino diferente al de recuperar los principios y valores
morales, civiles y democráticos porque no todo en la política y la sociedad
tiene un precio, no todo se compra y se vende, mucho menos las conciencias
.
Tenemos el enorme desafío de reconstruirnos, de reinventarnos, no para volver a
ser lo que fuimos porque los tiempos cambiaron, sino para proyectarnos porque nos
merecemos un futuro mejor que el presente que tenemos, un futuro definido por
el conocimiento, la tecnología y el bienestar, un futuro por idear y construir
de forma colectiva.

Entonces las preguntas obligadas, en especial
en la antesala de un año electoral, es qué hacer y cómo alcanzarlo. Pero como no
tenemos claro cómo salir del atolladero, me atrevo a plantear dos sencillos puntos
de partida: El primero es que
«ya sabemos qué caminos son los que no
podemos volver a recorrer
» y el segundo es «atrevernos a hacer cosas diferentes con nuevas ideas y
protagonistas
». Esto lo digo porque es inaplazable restaurar la memoria
colectiva y construir futuros con la experiencia y conocimientos de los
mayores y las capacidades y habilidades de la juventud, pero también con los
saberes de los quindianos y las nuevas miradas de los que llegan a esta tierra
.

Ya para terminar, quiero citar unas
palabras de Joan Manuel Serrat que hace poco escuche en un vídeo que circuló
por redes sociales donde hacía un llamado a despertar y a la solidaridad ante
un auditorio que lo escucha con atención. En el breve vídeo, de tan sólo 155
segundos, el canta autor culmina con las siguientes palabras:
«Espero que ustedes, gente buena, instruida y tolerante,
sabrán juzgar mis palabras por su intención más que por la manera en que he
sido capaz de expresarme. Mientras tanto, que los músicos no paren de hacer
sonar sus instrumentos y que los poetas no dejen de alzar la voz. Que los
gritos de la angustia no nos vuelvan sordos y que lo cotidiano no se convierta
en normalidad capaz de volver de piedra nuestros corazones
».


Armando Rodríguez Jaramillo

Correo: arjquindio@gmail.com  
/   Twitter: @ArmandoQuindio y
@quindiopolis

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