El problema radica en continuar haciendo las cosas que sabemos que no funcionan, así que es tiempo de dejar que fluya una agenda de desarrollo más ambiciosa y compartida.
Al hablar y
opinar de política se corre el riesgo de salir mal librado porque las
discusiones y los debates por lo general se hacen desde las posiciones y no
desde las ideas. Sin embargo, me arriesgaré a hacer algunas reflexiones.
Creo que la forma de entender y de practicar la política cambió sustancialmente
con el Acto Legislativo 01 de 1986 que
estableció la elección de alcaldes por voto popular a partir de 1988 y con la
Constitución Política de 1991 que permitió la elección de gobernadores a partir
de 1992. Secularmente los gobernadores eran nombrados por el presidente de la
República y los alcaldes por los gobernadores con base en acuerdos y
compromisos políticos, que de paso constreñían la autonomía de los mandatarios
en medio de la incertidumbre de no contar con periodos fijos. El cambio de las
reglas del juego dio a los mandatarios territoriales cierta independencia
política, pero también atizó enfrentamientos y dificultó las relaciones entre ellos.
Esto se materializó, entre otras, en un divorcio cuasi permanente entre
gobernadores y alcaldes de Armenia, conflicto que también salpicó a otros
burgomaestres de acuerdo con las conveniencias del momento.
Esta realidad generó traumatismos y limitó las
posibilidades de hacer alianzas, acuerdos y consensos sobre asuntos de interés
colectivo dando lugar a una enorme polarización que, contrario a lo que sucedió
en la política nacional, no se basó en extremos ideológicos (izquierda y
derecha), sino en enfrentamientos por la consecución y conservación del poder. Este
tipo de situaciones dificultaron sacar adelante importantes proyectos para el
departamento como lo fue el Embalse Multripróposito del río Navarco propuesto
por la Misión JICA en 1990 cuando se formuló el Plan de Desarrollo Agrícola
Integrado de la Cuenca del Quindío (1990 – 2015). El embalse, que contó con
estudios de preinversión por Findeter, generaría energía eléctrica y abastecería
de agua a los acueductos de Circasia, Armenia, Montenegro y La Tebaida, y
eventualmente a distritos de riego agrícola; sin embargo, este proyecto se desechó
luego de dos décadas de ires y venires en medio de desacuerdos frecuentes entre
gobernación y alcaldía de Armenia, pues su ejecución suponía la articulación de
Empresas Públicas de Armenia y Esaquín, hoy Empresas Públicas del Quindío, para
operar un acueducto regional.
Algo parecido sucedió con la idea de crear un
área metropolitana que incluyera a Armenia y municipios como Salento, Calarcá,
Circasia, La Tebaida y Montenegro, iniciativa sobre lo que no ha sido posible un
diálogo constructivo entre las alcaldías comprometidas, y entre estas y la gobernación,
a pesar del enorme beneficio que traería a 450.000 quindianos la ejecución de proyectos
como la prestación integral de acueducto, alcantarillado, aseo y disposición final
de residuos sólido, manejo de cuencas
hidrográficas compartidas, unificación de un sistema masivo de transporte
público intermunicipal y urbano, optimización de servicios de salud y educación
y formulación de planes y esquemas de ordenamiento territorial entre
municipios. Ahora bien, si la negativa a crear un área metropolitana fue porque
existían dudas al respecto, se pudo haber consultado las experiencias de las
trece que existen en el país alrededor de Bogotá D.C., Medellín, Cali,
Barranquilla, Bucaramanga, Manizales, Pereira, Cúcuta, Pasto, Ibagué, Montería,
Cartagena y Villavicencio para haber constatado que las áreas metropolitanas son
un poderoso instrumento para la inversión y el desarrollo urbano.
La necesidad de un cambio
En consecuencia, es evidente que algo no ha
funcionado y que las brechas del desarrollo con otras regiones aumentan. El
problema radica en continuar haciendo las cosas que sabemos que no
funcionan, así que es tiempo de dejar que fluya una agenda de desarrollo más
ambiciosa y compartida. Para esto sería provechoso revalidar el concepto de política
para dejar de considerarla cómo ese conjunto de acciones que se hacen para
conseguir el poder y ejercerlo, y empezar a entenderla como la necesidad que
tienen las personas de organizarse con el fin de tomar decisiones, cumplir
objetivos, llegar a acuerdos y facilitar la vida en sociedad resolviendo
conflictos y privilegiando el interés público y el bien colectivo.
Esto nos debe llevar a reflexionar sobre la
necesidad de crear un nuevo vocabulario para dialogar y entendernos. Si la
política tiene que ver con la capacidad de tender puentes para abordar los
asuntos fundamentales de una sociedad, guardo la ilusión de que algún día veré
a los diferentes gobiernos del Quindío debatiendo los problemas del desarrollo y
trabajando de manera mancomunada en proyectos de interés colectivo, porque estoy
persuadido que la capacidad de conversación y construcción de soluciones
conjuntas fortalecerán a este departamento.
Armando Rodríguez Jaramillo
arjquindio@gmail.com
/ Twitter: @ArmandoQuindio


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