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«El espíritu de la navidad se conserva en los corazones y en las
tradiciones que nos entregaron nuestros padres y abuelos, y se reproduce en los
rostros de alegría de los niños y en las caras de contentura y satisfacción de
la familia»


La navidad es una época especial matizada
de una extraña, contagiosa y adictiva energía. Es temporada de alegrías y
nostalgias que se fusionan en un entusiasmo desbordante que nos llena de motivos
y disculpas para darnos presentes, hacer promesas y desearnos lo mejor, así sea
solo por diciembre.

¡Qué lindo carnaval de luces,
alharacas, regalos, comidas y aromas es la navidad! Mes en el que lo formal y serio
se vuelve informal y relajado, días para cambiar la rutina de los once meses
que lo preceden y recargar energías para encarar los once meses que nos
esperan. Por esto y mucho más, es que durante el fin de año bien vale la pena
sumergirnos en los recuerdos de la infancia para evocar juegos, tradiciones y
costumbres de tiempos inolvidables.

Las navidades de antes se parecían a
los juguetes de los niños de antes, pues los adornos y decoraciones decembrinas
no se compraban, se hacían en casa. La tradición nos decía que con el inicio
del mes se inauguraban las fiestas decembrinas dejando a noviembre en paz sin
atiborrarlo desde octubre con ventas de cuanto adorno y cachivache de cargazón
importado del oriente pueda existir.

 

El armado del árbol

Los primeros días de diciembre emprendíamos
la búsqueda en alguna manga o quebrada de un chamizo que serviría de árbol de
navidad. Una vez escogido el ejemplar más desvencijado y seco posible seguía la
odisea de transportarlo a casa. Como por lo general el ojo y los deseos podían
más que el espacio destinado para el árbol, siempre nos veíamos a gatas para
entrar el chamizo y acomodarlo en el sitio seleccionado.

Una vez que se tenía esa maraña de
ramas secas en el lugar escogido, se procedía tomar un tarro de galletas tamaño
familiar y a forrarlo con papel de regalo para ocultar el eslogan aquel de:
«Saltinas La Rosa. Siempre deliciosas y tostaditas», para luego llenarlo de arena o tierra y clavar su tronco allí.

Ya parado el chamizo, comenzaba la
operación de envolver cada uno de sus extremos con algodón, labor que
generalmente hacía con gran paciencia y meticulosidad nuestra madre, dándole a
aquellas ramas secas una apariencia albina indescriptible que impregnaba cierto
aire de pureza en el ambiente. Con la algodonada el chamizo sufría su propia
metamorfosis para convertirse poco a poco en lo que sería un lindo árbol de
navidad.

Luego, con la participación de
grandes y chicos, se colgaban en derredor las guirnaldas y después, una a una,
las bolas de navidad que eran sumamente delicadas, cual cáscara de huevo, y que
venían en tamaños grande, mediano y pequeño, redondas o con forma de lágrima,
de colores rojo, amarillo, verde y azul, y pare de contar. Por último, se ponía
una pesada instalación eléctrica con bombillos de vidrios de colores como de cinco
centímetros de largo, tarea que hacían los mayores para evitar que a los
pequeños nos pringara la corriente. Estos bombillos, que estaban unidos por un
cable y no eran intermitentes, tenían filamentos de resistencia que al alumbrar
expedían calor, por lo que debían ser vigilados para que no quemaran el
algodón.

 

El legado continúa

Eran tiempo en los que la hechura del
árbol constituía una actividad familiar; tiempos en los que el árbol de navidad
se ponía dentro de las casas y no cerca de las ventanas ni balcones para
presumir; tiempos en los que no se compraban árboles para ensamblar ni adornos
multicolores; tiempos en los que no existían las luces led con sus monótonos
ritmos de encendido y apagado; tiempos en los que los regalos no se ponían en
el árbol sino que al amanecer del veinticinco de diciembre los dejaba en
nuestras camas el mismísimo Niño Dios en persona.

Más tarde llegaron los árboles
armables de alambre revestidos de papel de aluminio y después los de follajes
verdes de todos los tamaños cual réplicas de pinos y cipreses de otras
latitudes.

Fueron otras calendas. Sin embargo,
el espíritu de la navidad se conserva en los corazones y en las
tradiciones que nos entregaron nuestros padres y abuelos, y se reproduce en los
rostros de alegría de los niños y en las caras de contentura y satisfacción de la
familia. Es una época indescriptible que nos dice que somos sentimiento, somos pasión,
somos amor y emoción.

 

Armando Rodríguez Jaramillo

Correo: arjquindio@gmail.com  /  X: @ArmandoQuindio  /  www.quindiopolis.co

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