En sesión
pública de la Academia de Historia del Quindío – AHQ se presentó el pasado 7 de
marzo el libro La nueva historia de Armenia. Tomo I del escritor Miguel
Ángel Rojas Arias, que compila hechos y sucesos de las culturas precolombinas,
la fundación de la cuidad y sus mitos fundacionales, la organización del
municipio y los intereses políticos y económicos que se dieron, el progreso urbanístico
con la llegada del ferrocarril en 1927, la consolidación de Armenia como centro
de acopio, trilla y exportación de café, el desarrollo empresarial, las
confrontaciones políticas y la violencia partidista, amén de algunos hechos que
antecedieron la creación del departamento. Enbuenahora Roja Arias, con la disciplina
del historiador y la narrativa del periodista, recopiló el devenir de la ciudad
en sus primeras décadas de vida.
Sobre la obra,
su prologuista, el escritor Jaime Lopera Gutiérrez, señaló que en este libro
«están los sucesos que le dieron fisonomía a la ciudad y el valioso rescate de
muchos documentos y memoriales que tienden a satisfacer este proceso», para
enunciar, al final del exordio, tres aspectos que ya suscitan un interesante
debate, a saber:
«He puesto entre paréntesis los
debates que hemos tenido con Miguel Ángel, para no deslucir el esfuerzo
cometido. Pero tengo que aprovechar la ocasión para decirle que esa tribu que
él ama, los quindos, según las huellas científica del Carbono 14 nunca
existió. Decirle que no fueron los calarqueños los culpables de los puñetazos
con los armenios, por faltones el convite en el río, sino el provocador
corregidor, Ochoa, al parecer un burócrata cartagueño que representaba al
alcalde de Salento. Y además revelarle que el desarrollo de Armenia no comenzó
en 1927 con la llegada del tren, sino dos años antes cuando un grupo importante
de concejales le sacaron unos dineros al presidente Abadía Méndez para empezar
el alcantarillado, el acueducto y la energía de Armenia según unas Actas del Consejo
Municipal de esa época…».
Arias aprovechó la presentación de su libro para rebatir los enunciados,
situación que plantea polémicas que harán honor a la forma particular en la que
Lopera se refiere a la AHQ al calificarla de foro de hombres libres, pues las investigaciones traen los
beneficios de dejar resquicios para la duda.
Asimismo, otro de
sus prologuistas, el académico Germán Medina Franco, señaló que «los hallazgos
del autor, fruto de un agudo olfato periodístico cultivado en largos años de
ejercicio profesional, pero sobre todo de un minucioso trabajo de investigación
de fuentes primarias realizado con el rigor metodológico que le impone su
formación académica en la disciplina de la Historia, lo consagra sin lugar a
duda como el historiador por antonomasia de la ciudad de nuestros afectos».
Una reflexión aparte merece el título de la obra, porque puede dar la
impresión de que se está ante un intento de reescribir la historia; sin
embargo, creo que la intención del autor fue la de reportar hechos inéditos que
dan cabida a novedosas exégesis. Sin duda que esta investigación denota
una tarea paciente y ardua, siempre en
tensión con lo consabido y repetido, que llena un vacío en una ciudad en
la que, a pesar de ser moza [próxima
a cumplir 135 años], sus
habitantes han olvidado de forma paulatina su pasado como si padecieran de un
deterioro gradual de la memoria colectiva, del pensamiento, del comportamiento
y de las habilidades cívica. Es como estar ante un alzhéimer generalizado
que pone entre brumas nuestras raíces, difumina nuestra identidad y debilita la
virtud cívica que alguna vez nos caracterizó. Una ciudad y una comunidad que no
reconocen su historia son una ciudad y una comunidad zombi; de ahí el valor de
la obra que nos ocupa pues se adentra en compilar un pasado oculto o disperso entre múltiples documentos y relatos,
texto que contribuirá a la enseñanza y el aprendizaje de nuestra historia.
Para concluir, quiero citar apartes de la columna que la escritora Irene
Vallejo Moreu publicó El País de Madrid (10-03-2024) titulada El pasado en construcción. Disculpen las
molestias porque conectan con el asunto que nos ocupa:
«Somos la única especie que conoce el
mundo anterior a nuestro nacimiento, las únicas criaturas capaces de asomarnos
al misterio de los milenios antiguos. Un caballo, un gato o una pulga ignoran
las peripecias de sus antepasados […]. Nos encanta indagar en el ayer, reinterpretarlo
desde la mirada del ahora. Viajamos por los meandros de la nostalgia, las
falsificaciones, las raíces, los asideros, la curiosidad y las coartadas.
Nuestra relación con lo que fue es apasionada: el pasado pesa, y eso es lo que
nos pasa […]. Casi sin querer, la fantasía empieza a
rellenar los huecos excavados por los remordimientos y el olvido: por eso
nuestro relato vital puede ser completamente imaginario, pero nunca totalmente
verdadero […]. Entre nuestras ficciones hay algunas
maravillosas; las mejores serán las que nos ayuden a vivir en comunidades más
unidas y humanitarias […]. El estudio de la historia nos demuestra
que gran parte de lo que hemos construido se apoya en ideas, que son aire,
vaho, niebla y pálpito».
Coletilla: Gabriel
García Márquez escribió como preámbulo de sus memorias en Vivir para contarla (Mondadori. Barcelona. 2002) lo siguiente: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno
recuerda y cómo la recuerda para contarla».
Armando Rodríguez Jaramillo
Correo: ajrquindio@gmail.com / X:
@ArmandoQuindio / Blog: www.quindiopolis.co


Muchas gracias por su lectura y por el comentario que hace.
Saludos amigo Armando.Excelente crónica.