«Pasada
la reconstrucción, entramos en un período en el que el proyecto anterior
fundado en la caficultura se quebró y el ímpetu de los noventa se desinfló sin lograr
aún construir una nueva narrativa de futuro que nos cohesione como sociedad».
Al recordar aquel 25 de enero de 1999 sin las urgencias y las angustias
de aquellos días, he reflexionado sobre cómo ha sido pensado el Quindío. Para
ello recordé que recién iniciado el siglo pasado el café estaba en expansión por
su alta demanda en los mercados externos, situación que no solo benefició a los
caficultores, sino que impulsó un período de auge comercial y de temprana industrialización
de Armenia. Por aquellas calendas se establecieron en la ciudad bancos,
oficinas comerciales y trilladoras subsidiarias de compañías internacionales
que la convirtieron, a partir de la década del treinta y por los siguientes
cincuenta años, en un pujante centro de comercio, acopio, transformación y logística
de café de exportación por Buenaventura a través del ferrocarril.
En ese entonces, la creación de la Federación Nacional de
Cafeteros (1927) hizo que regiones como el Quindío no tuvieran necesidad de pensarse
pues el gremio se encargó de casi todos los asuntos del desarrollo al ejecutar las
inversiones necesarias en infraestructura rural y en proyectos estratégicos, al
tiempo que acompañó al caficultor para que produjera más y mejor. Fueron buenos
tiempos (siempre mejorados por bonanzas económicas) en los que no era necesario
pensar en futuro, pues todo lo daba el café todo lo impulsaba el café todo
lo facilitaba el café. ¿Qué sentido tenía cavilar en industrias o
actividades económicas complementarias si se transitaba por una zona de confort
que daba seguridad y proveía ingresos?
Tal vez el proyecto más importante que emprendimos (no sé si por
iniciativa propia o patrocinado por algún interés ajeno por socavar el liderazgo
de Caldas en la política cafetera nacional) fue la creación del Departamento
del Quindío (1966) que desde sus primeros años encontró cobijo en la
caficultura haciendo que los gobiernos locales se arrimaran a los recursos del
Comité Departamental de Cafeteros para lograr las inversiones que demandaba el
joven, rico y poderoso departamento, al punto que los proyectos o eran
promovidos por los cafeteros o hechos en sociedad con ellos. Entonces el
departamento progresó, Armenia se expandió, el café irrigó a toda la economía y
fuimos referente nacional en calidad de vida.
Los años noventa
Pero vino la ruptura del Pacto Internacional del Café (1989), y ese
Quindío que imaginó que el café era una fuente de recursos y prosperidad per
saecula seaculorum, se enfrentó a la necesidad de repensarse. Así que
los noventa iniciaron con el Plan de Desarrollo Agrícola Integrado de la Cuenca
del Quindío, fruto de la cooperación entre la CRQ y la JICA del Japón, que le
entregó al departamento una agenda de desarrollo futurista a 15 años (1990 –2005)
dotada de ambiciosos programas de desarrollo y fomento agropecuario,
conservación de suelos y prevención de desastres, mejoramiento de la calidad
del agua, construcción de vías y rehabilitación de microcentrales eléctricas y
la propuesta de un embalse sobre el río Navarco para asegurar el abastecimiento
de agua. Luego vino el plan de desarrollo del gobierno de Mario Gómez Ramírez (1992–1994)
que acompañó el CIDER de la Universidad de los Andes y que planteó proyectos
como la Zona Franca y el puerto seco o plataforma logística de carga en La Tebaida.
Así mismo, se edificó Cenexpo impulsado por la Cámara de Comercio, se formuló
el Plan de Desarrollo Agroindustrial desde la Fundación para el Desarrollo del
Quindío, emergió el turismo rural y se construyeron parques temáticos como el
del Café y Panaca. Sin embargo, muchos de estos proyectos también contaron con
apoyo y recursos del gremio cafetero.
Fueron años fructíferos en los que la dirigencia pública y privada
innovó con proyectos e iniciativas para contrarrestar el impacto generado por la
crisis del café y de paso procurar un modelo de desarrollar con sostenibilidad
ambiental, diversificación del aparato productivo y de su canasta exportadora y
generación de empleo y bienestar.
La reconstrucción
Pero llegó el terremoto del 25 de enero de 1999 y muchas de
estas novedosas iniciativas entraron en hibernación pues había urgencias que
atender. Entonces el gobierno creó el FOREC (Fondo de Reconstrucción
Económica y Social del Eje Cafetero), entidad que hizo una labor extraordinaria
reconstruyendo edificios institucionales (sedes de gobiernos territoriales,
comandos y cuarteles de policía y ejército, cuerpos de bomberos, hospitales y
centros de salud, escuelas y colegios, etc.), infraestructuras vitales (vías,
aeropuerto, acueductos, alcantarillados, energía eléctrica, etc.) y viviendas.
Leer: El terremoto nos cambio el rumbo.
Pero, sin proponérselo, el modelo de operación del FOREC suplantó
en buena parte a la institucionalidad pública y privada a través de entidades
foráneas sin arraigo en la región. Fue una reconstrucción hecha por sectores
endosados a oenegés (en Armenia fueron 15) cuyos habitantes terminaron por
identificase con la oenegé que les proveía lo básico y reconstruía sus
viviendas y vecindarios y no con sus gobiernos ni juntas de acción comunal ni
líderes barriales.
«El
modelo de reconstrucción planeado y ejecutado por el FOREC y sus aliados dejó
un escaso margen para que los quindianos y armenios soñáramos el departamento y
la ciudad que anhelábamos recuperar o que queríamos conservar (hubo tantas
demoliciones apresuradas). Tuvimos poco espacio para decidir cómo reconstruir
nuestro universo fracturado».
Superada la reconstrucción, nos adentramos en un periodo de la
historia donde el turismo no fue lo esperado al no consultar como debiera la
sostenibilidad social y ambiental y en el que han ocurrido detestables casos
de corrupción en la administración pública que han dado al traste con importantes
proyectos de infraestructura (especialmente en Armenia), en medio de una intensa
polarización política y aumento de la pobreza y disminución de calidad de vida.
Y mientras esto y otras cosas suceden, el departamento adolece de una agenda de
desarrollo que indique la ruta a seguir y propicie compromisos entre los sectores
públicos y privados.
Colofón
En consecuencia, se puede colegirse que entre los años treinta y ochenta
del siglo XX el Quindío fue pensado desde la institucionalidad cafetera y que lo
propio hizo el FOREC con el proceso de reconstrucción. En medio de estos dos
períodos, los noventa fueron años de creatividad e imaginación a juzgar por las
numeras iniciativas de progreso que se propusieron y ejecutaron. Sin embargo, pasada
la reconstrucción, entramos en un período en el que el proyecto anterior
fundado en la caficultura se quebró y el ímpetu de los noventa se desinfló sin lograr
aún construir una nueva narrativa de futuro que nos cohesione como sociedad.
Armando Rodríguez Jaramillo
arjquindio@gmail.com /
@ArmandoQuindío

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