1 Antonio y Camila

Antonio Bernardi De Fina y su esposa Camila Ospina Mejía. Foto tomada del blog www.labernardi.com

  

«Hay que reivindicar el
significado de la belleza estética como antídoto para no construir ciudades uniformes que desconfiguran la identidad»


Nos
sorprende la periodista y escritora Isabella Prieto Bernardi con su libro Historias
de la Bernardi
, [Ediciones El Silencio. 2023] donde narra la vida Antonio
Bernardi De Fina, su abuelo, el constructor italiano artífice de la
transformación de Armenia en los años treinta del siglo XX. De los veinticuatro
capítulos que trae, dos de ellos los dedica al paso de su familia por esta
ciudad para dejar entrever, a mi parecer, sentimientos encontrados por la forma
como los titula: Armenia. Los años dorados y El desplome. La plaza de
mercado de Armenia.

Con
una narrativa inspiradora y conmovedora, con un relato auténtico y una
descripción detallada de las costumbres y tradiciones, Prieto Bernardi relata
el trasegar de su abuelo como inmigrante desde Italia hasta Colombia teniendo
como telón de fondo las absurdas guerras mundiales y la turbulenta historia
pendular de nuestro país que permiten comprender el curso caprichoso de la vida
y las valiosas huellas que deja la migración. Al leerlo, me trasladé a las
calles de la Armenia del siglo pasado, ese poblado que se transformó en centro
de acopio, trilla y exportación de café gracias a la conexión ferroviaria con
Manizales y Buenaventura, puerto de donde llegaban, como carga de compensación,
insumos que impulsaron la construcción en ferroconcreto donde predominó el
bahareque estimulando a su paso una industrialización temprana que no prosperó.

En
sus páginas se nombra a Vicente Giraldo, industrial de gran reconocimiento que
en 1930 invitó a Antonio Bernardi a radicarse en la ciudad, donde creó la firma
ABC para trabajar de la mano con el maestro Roberto Henao Buriticá, los
arquitectos Lino y Arcesio Jaramillo y el artista colombosuizo Mauricio Ramelli
Adriani. A través de ella se hicieron edificaciones que transformaron la
ciudad, obras que en su mayoría conocí y admiré de joven por su diseño y
majestuosidad. Entre ellas se cuentan la Estación Armenia, varias trilladoras y
bodegas en los barrios Berlín y Centenario aledaños a la estación y también las
trilladoras Villegas, Espinosa y Colombia, el castillo de Getsemaní construido
para Domingo A. Quintero, edificios como el Vigig del empresario Vicente
Giraldo donde funcionó el hotel Atlántico, Rentas Departamentales de la Gobernación
de Caldas, la farmacia San Jorge y el Banco de Colombia, el Teatro Yanuba
dotado de excelente acústica que albergó presentaciones de teatro, conciertos,
danzas y ballet, el Pasaje Bolívar que fue el primer pasaje comercial que tuvo
la ciudad con estilo europeo, el colegio de la comunidad religiosa de las  Betlemitas con su capilla decorada con
frescos del maestro Ramelli, el Orfanato al norte de la población, la Plaza de
Mercado y la casaquinta con aire y estilo italiano en inmediaciones del parque
Uribe donde vivió la familia Bernardi Ospina, amén de La Rústica, cabaña en
madera de estilo alpino en una finca de su propiedad ubicada en Circasia. A
esto hay que sumar su aporte en la construcción del acueducto y alcantarillado,
y la pavimentación de algunas calles del centro.

  

«Lamentablemente quedan
pocas de estas edificaciones levantadas entre 1930 y 1938».

 

Lamentablemente
quedan pocas de estas edificaciones levantadas entre 1930 y 1938. Por fortuna
hoy se resisten a desaparecer la Estación Armenia, que a pesar de ser declarada
Monumento Nacional en 1996 está en horroroso estado de abandono ante la desidia
de las autoridades municipales, el edificio de Rentas Departamentales de Caldas
sede del Instituto de Bellas Artes propiedad de la Universidad del Quindío y la
casaquinta de estilo italiano propiedad del investigador e historiador Álvaro
Pareja Castro. De las otras, solo quedan registros fotográficos, notas de
prensa, artículos y algunas investigaciones sobre patrimonio que dan cuenta de
lo que fueron, amén de recuerdos y evocaciones de personas mayores que las
vieron en su esplendor, como fue la Plaza de Mercado de Armenia declarada
Monumento Nacional en 1994, espectacular construcción sobre cuatro manzanas del
centro de la ciudad con diseño art deco inspirado en el Pabellón de Francia que
a finales del siglo XIX había participado en la Exposición Universal de Paris,
monumento que sumaba 54 años de vida cuando una implosión, que jamás debió ser
ordenada
, la derribó un 20 de abril de 1999, luego del terremoto que sacudió el
alma de los armenios.

De
ahí que no haya justificación alguna para que las edificaciones que Bernardi De
Fina diseñó y edificó utilizando el ferroconcreto, sistema constructivo que por
aquellas calendas estaba en pleno auge en Europa y Estados Unidos, fueran
menospreciadas hasta el punto de que buena parte de la memoria urbana y el
patrimonio arquitectónico representativo de aquella época se perdió
.
Edificios como la Estación Armenia e Instituto de Bellas Artes, o como lo
fueron el Orfanato, Plaza de Mercado, colegio de las Betlemitas, castillo de
Getsemaní y teatro Yanuba, constituyeron hitos urbanos reconocibles, fueron
referentes para propios y extraños, trasmitieron esencia, moldearon el alma de
la ciudad y crearon historia colectiva. 
Si esto no fuera relevante para una ciudad, ¿qué importancia tendrían
Paris, Madrid o Roma? Las edificaciones que crean ciudad otorgan identidad y
singularidad a los lugares e identifican a sus pobladores con el núcleo urbano
donde residen, generando procesos de apropiación y orgullo propio.

  

«Cuando se abandona el
patrimonio y se desprecia la memoria urbana se incuban ciudades zombis»

 

Inexplicablemente
en las últimas décadas se dejó de construir ciudad por levantar edificios
generando una urbe uniforme
con edificaciones y fachadas construidas en
serie que dan sensación de igualdad en el paisaje urbano en menoscabo de un
deseable patrón identitario que aporte apropiación y recordación ciudadana. Por
otro lado, cuando se abandona el patrimonio y se desprecia la memoria urbana se
incuban ciudades zombis, sin identidad, por las que se transita, se duerme y se
trabaja, pero no se vive a plenitud. Hoy carecemos de centro histórico. Hoy en
las zonas comerciales se construyen locales de un piso con vidriera de fachadas
sobrias y apagadas. Hoy abundan edificios que parecen cubos de Rubik que sólo
cambian de color. Hoy la mayoría de las construcciones no son referentes
urbanos ni sus diseños trasmiten mensajes ni se relacionan con la cultura y el
paisaje.

Para
concluir, quiero decir que Antonio Bernardi De Fina, luego de partir en 1977 a
su cita con la eternidad, nos habla por intermedio de su nieta desde las
páginas de Historias de la Bernardi para invitarnos a reflexionar
sobre el valor de preservar, conservar y visibilizar el patrimonio
arquitectónico y la memoria urbana de Armenia, y para reivindicar el
significado de la belleza estética como antídoto para no construir urbes
uniformes que desconfiguran la identidad. Al tiempo que nos llama la atención
sobre el olvido oficial y la indiferencia ciudadana en que cayó la ciudad en
las últimas décadas.


NOTA: El libro Historias de la Bernardi se presenta en Armenia el 17 de abril a las 5.00 p.m. en la Casa Museo Musical del Quindío, carrera 13 N° 29 – 37. Parque Uribe, Armenia.


Armando
Rodríguez Jaramillo

Correo:
arjquindio@gmail.com   /  X:
@ArmandoQuindio  /  Blog: www.quindiopolis.co

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