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«Con frecuencia nos
preguntamos sobre lo que es ser quindiano o lo que no debería ser y alcanzamos
a ser. Sin embargo, más allá que arroparnos bajo esa identidad, a menudo lo
deploramos como si nos defraudara, como si fuera un error de alguien o de algo
»
.

El territorio
que habitamos existió antes de la llegada de los Quimbaya, antes que a alguien
se le ocurriera llamarlo Quindío pues este es un nombre como cualquiera para un
territorio como cualquiera
. De igual manera, la historia es una narración
incompleta y subjetiva en función de quien la escriba con relatos que a veces lindan
con lo mítico. Tal vez de esta forma fue que se hicieron las leyendas de la
colonización antioqueña y las migraciones de otras partes, de la apertura de selvas
para hacer mejoras, de la epopeya de la fundación de pueblos, de los escabrosos
caminos de herradura y de la arriería, de las crónicas sobre la caficultura, de
las odas a la familia y la religión, de las adversidades superadas y de la
pujanza de una raza (como si fuéramos eso), además de otras cosas que ayudaron
a formar una cultura en un territorio que durante el siglo XIX perteneció al Cauca
y en la primera mitad del siglo pasado, y un poquito más, a Caldas.

Lea: Quindianidad se escribe con Q.

Pero hubo un
tiempo para un propósito colectivo, tal vez el único que tuvimos, propósito que
nos unió para separarnos de Caldas
en rechazo al centralismo ejercido desde
Manizales y a la poca atención que este territorio le merecía. La creación del
departamento del Quindío (1966) generó una gran efervescencia cívica que se
prolongó por cerca de tres décadas insuflando la quindianidad, palabra que
significó valores, tradiciones, símbolos y modos de comportamiento que dieron
cohesión social y fortaleza institucional.


El centralismo
quindiano

Sin embargo, como
la historia es caprichosa, nadie sospechó que luego de ir contra el centralismo
caldense, se terminaría adoptando un modelo similar para convertir a Armenia en
el centro del poder político, administrativo y económico, y de paso originar
una brecha con los otros municipios en medio de una política que hizo del
diálogo y la concertación casi una utopía
. Esto contribuyó a que los
mandatarios de Quindío y Armenia fueran cada uno por su lado situación que se
volvió recurrente a partir de la elección por voto popular de alcaldes (1988) y
gobernadores (1992). Estas disputas políticas, de las que no escaparon otros burgomaestres
de otros municipios, dificultó, y de qué forma, dialogar y pactar sobre asuntos
fundamentales para el desarrollo como lo son el manejo de cuencas hidrográficas
compartidas, acueducto regional, descontaminación de aguas residuales, aprovechamiento
y disposición final de residuos sólidos, transporte intermunicipal, prestación
de servicios de salud y educación (concentrados en Armenia) y dinámicas económicas
entre otros. En fin, parece que la política no dejó ver que los límites
socioeconómicos y ambientales no suelen coincidir con los límites municipales
como sucede con ese continuo urbano que hay entre Armenia y los municipios
cercanos (en el Quindío todo es cercano).

Lea: Construir la mejor versión del Quindío.

Y aunque la
realidad presente es multicausal, el modelo centralista de administración del territorio
causó un daño enorme porque nos puso a competir entre nosotros, nos limitó para
llegar a acuerdos y consensos, nos volvió individualistas y desconfiados y restringió
los propósitos colectivos.
Pero, ante todo, al final del día, la realidad dice
que carecemos de una narrativa y de una agenda de futuro
, agenda que no puede
ser reemplazada por planes de desarrollo a cuatro años ni desactualizados
planes de ordenamiento territorial. Parece que se nos olvidó pensar en
colectivo y soñar en grandes proyectos de desarrollo.

 

«Esta desesperanza hay que pararla. Es necesario volver
a creer en lo nuestro, en las capacidades de los quindianos
».

En suma, se
debilitó la quindianidad y nos invadió cierta sensación de que estamos en
crisis, que no avanzamos, que otros nos cogieron ventaja. Esta desesperanza hay
que pararla. Es necesario volver a creer en lo nuestro, en las capacidades de
los quindianos
, y sin desconocer que atravesamos por momentos críticos de
nuestra historia, estamos lejos de ser una sociedad inviable o fracasada.
En definitiva, poco importa lo que fuimos. Es más relevante lo que somos y
qué lugar ocupamos (el partidor) y lo que deseamos ser y adónde queremos llegar
(la meta).


La metáfora del
coro

Pensemos por un
instante en la metáfora del coro conformado por un grupo de cantantes que
poseen voces distintas que se organizan en función de su tesitura: sopranos y
contraltos (voces femeninas), tenores y barítonos y bajos (voces masculinas).
Estas voces actúan bajo las directrices del director que selecciona el
repertorio de canciones, lleva el ritmo y la velocidad de interpretación para
que las distintas voces terminen por formar una voz. En general se acepta que
un coro es bueno si tiene un buen director, pero por bueno que este sea, no
podrá tener éxito si no cuenta con buenas voces
.

La metáfora del
coro sirve para darnos cuenta de que, a pesar de las diferencias, y sin dejar
de lado que la realidad siempre es más compleja de lo que parece, podemos y
debemos encontrar puntos de encuentro
.  Preguntarnos
qué es quindianidad podrá parecer una pregunta tonta, pero hasta las preguntas
tontas merecen respeto, porque cuando se llega a ellas es que se empiezan a encontrar
respuestas.

9 de noviembre de 2021


Armando Rodríguez Jaramillo

arjquindio@gmail.com  
@ArmandoQuindio

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