«Se ha ido cambiando el reconocimiento basado en lo que somos por otro donde
lo que importa es ser visibles al menos por un instante».
La reputación es el prestigio o estima que se siente por alguien, representa
la opinión acertada o no que se tiene sobre una persona. La reputación no se
estudia en universidades ni se certifica con diplomas, se construye paso a
paso durante la vida a través de nuestras decisiones, nuestras actitudes, nuestros
valores. La reputación se erige sobre la ética y la moral y se apuntala con nuestros
comportamientos en los ámbitos familiares, laborales y sociales.
Sin embargo, paradójicamente este concepto se ha venido sustituyendo por
el de notoriedad y reconocimiento malinterpretando su significado, pues una cosa
es ser reconocidos por nuestras virtudes y otra diferente es cuando alguien nos
reconoce en algún sitio y nos dice «Ayer te vi en la televisión o en Facebook».
Ellos simplemente distinguen tu rostro, lo que es bastante diferente a pensar
que te identifican por tus atributos y cualidades. De forma que se ha ido cambiando
el reconocimiento basado en lo que somos por otro donde lo que importa es ser
visibles al menos por un instante.
En consecuencia, estamos frente a una patología social que privilegia lo
efímero y breve, donde a una noticia, una foto y un vídeo les suceden otra
noticia, otra foto y otro video. Donde lo que se publica a poco es historia seguida
de otra publicación que hace improbable ser reconocidos (y menos recordados). Es
como una maratón sin línea de meta en la que los participantes tienen un impulso
febril de contar, decir y publicar lo que hacen para luego volver a contar,
decir y publicar lo que volvieron a hacer.
Entonces es usual que veamos por aquí, allá y acullá (con propósitos
inmediatos, pero sin propósitos finales) a políticos, gobernantes y dirigentes públicos
y privados seguidos de fotógrafos-camarógrafos y comunicadores que registran
sus actos, palabras y sonrisas para subirlas al ciberespacio. También pululan por
las redes sociales fotos y videos de reuniones de trabajo, capacitaciones y congresos,
o de encuentros de familia y amigos en cenas, cumpleaños, matrimonios, paseos o
en cualquier reunión casual, motivos suficientes para posar con caras
sonrientes y pulgares hacia arriba como pruebas fehacientes de vidas felices
y exitosas.
«Lo gratificante es querer trascender bajo la premisa: nos vemos y nos
ven».
Al parecer vivimos una posmodernidad que no sólo privilegia el
reconocimiento, sino que se esfuerza por hacer a un lado la privacidad (bien
preciado en otros tiempos). Nos convertimos en una sociedad confesional que
promueve la auto exposición en un afán de querer ser reconocidos por lo que
hacemos y no por lo que somos, para lo primero basta con una frase de cajón
y una buena pose, lo segundo es de fondo y se llama reputación. Es como si nos
aterrara el anonimato y el olvido, aun a costa de elegir el papel del tonto del
pueblo que baila en calzoncillos sobre la mesa del bar.
La sociedad actual es proclive a las imágenes en redes sociales y medios
de comunicación. Vivimos tiempos en los que el hedonismo, la vanidad y la
necesidad de reconocimiento se volvieron adicción. El objetivo es publicar una
y otra vez para fidelizar a una gran cantidad de usuarios (la tribuna) donde lo
gratificante es querer trascender bajo la premisa: nos vemos y nos ven.
Esta realidad me da la oportunidad de citar dos
fragmentos del semiólogo Umberto Eco (1932 – 2016). El primero publicado en el
artículo Dios es testigo de que soy tonto… (2010): «Hoy en día la
gente está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de aparecer en la pequeña
pantalla, aunque sea sólo como el imbécil que saluda con la manita por detrás
del entrevistado». El segundo es del artículo, ¿Por qué solo la Virgen?
(2012): «El hecho de ser visto, de ser el tema de conversación es un valor tan
dominante que se está dispuesto a renunciar a lo que antes se llamaba el pudor»
(modestia, recato, privacidad).
Nos hallamos, tal vez, ante una muestra de lo
que Zigmunt Bauman (1925 – 2017) llamó la modernidad líquida, en la que por
culpa de una gran crisis de identidad y de valores, la forma fácil de conseguir
reconocimiento social es hacerse ver a toda costa por redes sociales.
Armando Rodríguez Jaramillo
arjquindio@gmail.com / @ArmandoQuindio


La realidad actual que con las descripciones que relatas, muy bien documentadas por supuesto que que si, de seres humanos que ven aquí la oportunidad de alcanzar aunque de manera furtiva el sueño del reconocimiento social, ejemplo negativo para nuestros jóvenes, que llegan a extremos peligrosos aún a costa de poner en riesgo su integridad física; muy oportuno su escrito para reflexionar ante esta realidad…
Muchas gracias por leerlo y por sus comentarios.
Excelente descripción de la mayor necedidad de la gente de nuestro entorno; aquello de que pienso luego existo es reemplazado por el: si no me muestro no existo, asi el razonamiento o pensamiento es reemplazado por dólo la imagen, es lo efimero de los tiempos…gracias por su texto.